Javier Vargas

La publicación de From the dark, decimotercer álbum en estudio de la Vargas Blues Band, es un acontecimiento a celebrar. Mantener viva una carrera musical de casi cuatro décadas no es empresa fácil. Conseguirlo en España y haciendo blues, tiene mucho de proeza.

Curado de espantos y con los pies siempre en el suelo, Javier Vargas apela al impulso que, siendo todavía un crío, le llevó a transitar la senda de los doce compases. “Cuando empecé a tocar la guitarra no pensaba en convertirme en una pop star, explica, justo antes de embarcarse –hoy jueves 2 de abril comienza en Hannover; entre el 21 y el 23 de mayo tocará en Bilbao, Madrid y Barcelona– en su enésima gira internacional, esta vez por Alemania y Suiza. “Lo que realmente quería era tener una [guitarra Gibson] Les Paul, un [amplificador] Marshall o Fender y tocar hasta desfallecer. Y descubrí que los mejores riff estaban en el blues”.

Crítica de ‘From the dark’, de Vargas Blues Band

Este trotamundos madrileño, que ahora tiene 57 años, sintió la contagiosa picadura de la música en Argentina, país al que sus padres habían emigrado en los sesenta. Tenía 10 años y un vecino que le ponía discos de The Animals y los Stones. En 1967, cuando salió Sgt. Pepper’s de The Beatles, decidió que algún día él también haría canciones.

Poco después, establecida la familia en Mar del Plata tras una temporada en Mendoza, conoció a un hippy llamado Hugo que “tenía una colección de discos increíble y una Fender Mustang muy rara”. Gracias a él pudo escuchar a Jimi Hendrix, Cream o John Mayall. Pero con I can’t quit you baby, de Led Zeppelin, el clic fue definitivo.

Su padre accedió a comprarle la primera guitarra, que era española. Cuando terminaba el cole, se encerraba en la habitación para tocar hasta la hora de la cena. Así pasó buena parte de su adolescencia hasta que, en 1972, obtuvo permiso de sus progenitores para viajar a Nashville y buscarse la vida como músico. Él prefería Nueva York, pero su padre pensó que la Gran Manzana podía ser demasiado para un chavalín. Además, en Nashville vivían algunos amigos de la familia y siempre se podía recurrir a ellos en caso de necesidad.

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Con el tiempo, la decepción neoyorquina se convirtió en fascinación sureña. “Nashvilleme marcó y podría escribir un guión para una peli de todo lo que me ocurrió”, reconoce. “Era un crío muy lanzado, algo inconsciente, y sin miedo, con la única locura de tocar la guitarra, ver bandas en directo, moverme por los clubes cada noche y aprender todo lo posible. Quería convertirme en músico y, sobre todo, escribir mis propios temas.

“En 1974 era un reducto de la música country más tradicional, ni siquiera era lo que es ahora, una de las industrias más grandes del negocio musical estadounidense. Habían surgido estrellas del country que ahora son legendarias, pero todo era más modesto y provinciano. Me sorprendió  la amabilidad de la gente. Conocí a alguna leyenda del country, como Waylon Jennings, y trabajé de extra en la película Nashville de Robert Altman. Descubrí una escena de clubes y bandas que rotaban cada noche. Bandas de verdadero rock & roll y rock sureño. Descubrí a los Eagles y a ZZ Top y empecé a grabar en estudios por primera vez”.

Javier Vargas, de chavalín

Esta precoz experiencia le llevó a conocer el reverso menos amable de la profesión. Y le permitió hacer un callo vital que sería determinante en su carrera posterior. “Empecé a saber lo duro que sería abrirme camino en la música. Tuve quefregar platos en algún restaurante y tocar la guitarra en algún dúo con cantantes country desconocidos por unos pocos dólares para poder comer, pero fue un aprendizaje único que me dio experiencia y me formó como persona. Aprendí el sentido de la amistad y a sobrevivir por mis propios medios”.

La estancia en Nashville duró lo justo. En 1976 decidió cambiar radicalmente de aires y se marchó a Los Ángeles, uno de los epicentros de la industria rock mundial. Eran los tiempos de transición al punk tras la explosión glam y, aunque a priori no le correspondía, nuestro joven bluesman pudo ver a todos los cabecillas de dicha revolución estética –a Blondie, Ramones o Television– en pleno apogeo creativo. “Aterricé allí un miércoles de un puente largo, así que tuve cuatro días para darme cuenta de varias cosas”, explica. “Primero, que no era una ciudad tan amable como Nashville. Segundo, que todo era carísimo, además de ser una ciudad gigantesca”.

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La impresión fue enorme, pero Vargas volvió a demostrar su capacidad para adaptarse, abriéndose paso en la concurrida escena angelina hasta encontrar una media naranja musical inesperada que resultaría determinante en su afición al blues, nada menos que Canned Heat. “En ese puente largo tuve que cambiar el chip. La suerte no me abandonó y a los pocos días tenía una casa que compartía con estudiantes de UCLA. Pronto empecé a moverme por Santa Mónica, Venice y Sunset Boulevard donde vi toda la escena que más adelante cambió el sonido y actitud en la música, la New Wave neoyorquina. Para mí era algo nuevo, nunca me centré sólo en lo que me gustaba. Puede decirse que he tenido la suerte de estar siempre en sitios en los que pasaban cosas interesantes y de esa manera también ser espectador de pequeñas revoluciones”.

Superado el periodo de adaptación, Javier cambió de hábitos. Vivía por la noche, pura bohemia, y se convirtió en habitual de garitos míticos como el Starwood, el Roxy, elWhisky A Go-Go o el Troubador. También paraba por las tiendas de guitarras. En una de ellas encontró un anuncio “muy escueto” que demandaba un guitarrista de blues. “Así entré en Canned Heat“, recuerda. “Me empecé a mover en Topanga Canyon, que es donde vivía Bob Hite, el cantante de la banda, conocido como ‘El Oso’. Me descubrió un mundo fascinante con su colección increíble de vinilos y a amar el blues más tradicional“.

Javier Vargas y Carlos Santana

Cuando su visado expiró, en 1978, no le quedó más remedio que regresar a Madrid. Vuelta a empezar. No tardó en establecer contacto con la floreciente nueva escena de la capital, que bullía de forma aparatosa, aunque su primer trabajo relevante tras su vuelta a la madre patria fue con un pionero como Miguel Ríos. Compuso algunos himnos del rockero granadino, como Un caballo llamado Muerte o Nueva ola. Y también prestó servicios en la Orquesta Mondragón, sustituyendo al reputado Jaime Stinus.

El sueño blues-rock parecía desvanecerse. O, siendo optimistas, se aplazaba hasta nueva orden. “Una vez más fui espectador de todo lo que pasaba a mi alrededor en esos años. Me dedicaba a tocar y componer con Miguel Ríos y la Orquesta Mondragón, entre otros, y a esperar mi oportunidad para sacar mi propio proyecto. Tuvo que pasar una década hasta poder hacerlo realidad. Esos años en España eran muy divertidos para salir por la noche, pero la industria pasaba del blues y el rock, solo interesaba el pop y los productos prefabricados, como creo que sigue ocurriendo“.

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El camino hacia ese anhelado primer disco en solitario –All around the blues (1991)– sería largo y complejo, pero fructífero en cualquier caso. Trabajó como sesionero, compositor y “matatigres” –mercenario para uno o dos conciertos. “En esa época aprendí lo dura que es esta profesión, pero también a conocer el negocio y la cantidad de trampas y mentiras que lo rodean. Es una profesión que te da muchísimo a nivel emocional y eso, en gran medida, compensa todo lo que debes luchar para conseguir vivir de ella”.

Viajó mucho: Venezuela, Estados Unidos, Londres, París. Además, hizo una corta escala en Ibiza –reside entre la isla Pitiusa y Madrid– rica en anecdotario. Phil Carsson, ejecutivo de Atlantic, tenía un garito llamado Heartbreak Hotel en San Antonio y buscaba montar una banda residente para el mismo. Vargas ofreció sus servicios y le contrataron.

“Fue en 1987″, evoca. “Ese verano toqué con un trío de blues rock  y cuando regresé a Madrid ya tenía claro que tenía que grabar mi propio álbum. Fue increíble la cantidad de conciertos que dimos. Cada noche. Además era un sitio sorprendente, una noche apareció Bo Diddley con Ron Wood entre otros músicos legendarios [Nina Hagen, Phil Manzanera, Dave Holland, Roger Taylor, Jason Bonham] que caían por la isla”.

Javier Vargas y Calamaro en las sesiones de Blues latino

Grabó su primer álbum en solitario en un estudio casero del barrio de Malasaña, en Madrid. El batería Pedro Barceló y el bajista Philip Goodman echaron un cable. Fue una discográfica del sur, Cambayá, la que decidió apostar por el disco, el cual abrió muchas puertas y le permitió seguir adelante. Tocó con Carey Bell, con Junior Wells y estableció contacto con Carlos Santana.

El apoyo del astro mexicano propulsó su carrera en solitario. La discográfica Dro se interesó por él y Madrid-Memphis (1992), su segundo largo, se convirtió en un éxito inaudito para un bluesman español. “Aposté por mi propia música porque quería ser feliz tocando lo que me gusta“, advierte. “La música para mí es algo sagrado y tiene que salir del corazón y desde el alma, por eso decidí hacer mi propio proyecto, para sacar con libertad todo lo que llevo dentro y dárselo al público. Compartir con él lo que sé hacer de forma natural”.

Esa determinación le ha permitido cumplir algunos objetivos, vitales y artísticos. Sigue viviendo de sus composiciones y es reconocido internacionalmente. Ha experimentado el mestizaje de corte latino –en Blues latino (1994)– y flamenco –en Gypsy boogie(1996) o Flamenco blues experience (2008)–. Ha recordado a los precursores del rock argentino –Tributo al rock argentino (2014)– o a los músicos que impulsaron su vocación, en Vargas-Bogert-Appice (2011).

Ha compartido escenario y estudio con músicos determinantes en su formación, como los Double Trouble del llorado Stevie Ray Vaughan. De hecho, este episodio es uno de los más emocionantes de su dilatada carrera. “Stevie Ray Vaughan nos volvió a recordar a todos de dónde venía la verdadera música y puso el blues en primera línea de nuevo. Algo cambió con él y todos los músicos que amamos el blues se lo agradecemos. Fue un artista irrepetible”.

En From the dark, su nuevo álbum, nos encontramos con su faceta más energética y electrizante. Hard-blues-rock de alto voltaje que, quizá, pueda entrar en conflicto con los seguidores que prefieran su faceta más tradicionalista. Era lo que le pedía el cuerpo, pero no descarta grabar un disco en el que explorar sus orígenes. “Es algo que tengo pendiente y que haré pronto para satisfacer a mis seguidores más blueseros”, admite.

“Aunque también creo que tengo que sacar todavía mucha música que llevo dentro, me gusta experimentar y dejarme llevar por la inspiración”. A finales de mayo visitaráBilbao, Barcelona y Madrid para presentarlo en directo. Lo suyo es no dejar pasar la oportunidad.

Publicación original en:  rollingstone.es